Manifiesto de cuentos
Mensaje de Margaret Mahy dirigido a todos los niños del mundo
Nunca olvidaré cómo aprendí a leer. Cuando era niña, las palabras correteaban frente a mis ojos como pequeños escarabajos escurridizos. Pero yo era más inteligente que ellas. Aprendí a reconocerlas sin importar su veloz carrera. Al final pude abrir los libros y entender lo que estaba escrito. Fui capaz de leer cuentos y chistes y poemas yo sola.
Por supuesto hubo sorpresas. La lectura me dio poder sobre los cuentos y de alguna manera también les dio a los cuentos poder sobre mí. Nunca he podido escapar de ellos. Eso forma parte del misterio de la lectura.
Uno abre el libro, acoge las palabras y la historia, que es buena, explota en nuestro interior. Aquellos escarabajos que corren en línea recta de un lado a otro de la página en blanco se convierten primero en palabras y luego en imágenes y sucesos mágicos. Aunque ciertas historias parecieran no tener nada que ver con la vida real... aunque se transformen en sorpresas de todo tipo y estiren sus posibilidades de un lado a otro como una goma elástica, al final los cuentos que son buenos nos devuelven a nosotros mismos. Están hechos de palabras y todos los seres humanos queremos tener aventuras con las palabras.
Casi todos empezamos como oyentes. Cuando somos bebés nuestras madres y nuestros padres juegan con nosotros, nos recitan rimas, nos tocan los dedos de los pies (este dedito compro un huevito) o aplauden con nosotros (palmas, palmitas). Los juegos con palabras resuenan en voz alta y como niños, los escuchamos y reímos con ellos. Luego aprendemos a leer la tinta negra sobre la hoja blanca e incluso cuando leemos en silencio, una cierta voz está presente. ¿De quién es esa voz? Puede ser tu propia voz, la voz del lector. Pero es más que eso. Es la voz de la historia hablando desde el interior del lector.
Desde luego hay distintas formas de contar historias hoy en día. Las películas y la televisión tienen historias que contar aunque no usen el mismo lenguaje que los libros. Los autores que trabajan en guiones de televisión o cine a menudo deben usar pocas palabras. «Que las imágenes cuenten la historia», dicen los expertos. Vemos televisión con otros, pero cuando leemos, casi siempre estamos solos.
Vivimos en una época en que el mundo está lleno de libros. Es parte de la travesía del lector encontrar en la jungla de los escritos alguna historia que salte de manera mágica... alguna historia tan emocionante y misteriosa que lo transforme. Creo que cada lector vive para aquel momento en que la palabra cotidiana cambia para dar paso a una nueva broma, a una nueva idea, a una nueva posibilidad con una nueva verdad dada por el poder de las palabras. «Sí, cierto», dice la voz en nuestro interior. «Te reconozco». ¡Qué emoción leer!
Por supuesto hubo sorpresas. La lectura me dio poder sobre los cuentos y de alguna manera también les dio a los cuentos poder sobre mí. Nunca he podido escapar de ellos. Eso forma parte del misterio de la lectura.
Uno abre el libro, acoge las palabras y la historia, que es buena, explota en nuestro interior. Aquellos escarabajos que corren en línea recta de un lado a otro de la página en blanco se convierten primero en palabras y luego en imágenes y sucesos mágicos. Aunque ciertas historias parecieran no tener nada que ver con la vida real... aunque se transformen en sorpresas de todo tipo y estiren sus posibilidades de un lado a otro como una goma elástica, al final los cuentos que son buenos nos devuelven a nosotros mismos. Están hechos de palabras y todos los seres humanos queremos tener aventuras con las palabras.
Casi todos empezamos como oyentes. Cuando somos bebés nuestras madres y nuestros padres juegan con nosotros, nos recitan rimas, nos tocan los dedos de los pies (este dedito compro un huevito) o aplauden con nosotros (palmas, palmitas). Los juegos con palabras resuenan en voz alta y como niños, los escuchamos y reímos con ellos. Luego aprendemos a leer la tinta negra sobre la hoja blanca e incluso cuando leemos en silencio, una cierta voz está presente. ¿De quién es esa voz? Puede ser tu propia voz, la voz del lector. Pero es más que eso. Es la voz de la historia hablando desde el interior del lector.
Desde luego hay distintas formas de contar historias hoy en día. Las películas y la televisión tienen historias que contar aunque no usen el mismo lenguaje que los libros. Los autores que trabajan en guiones de televisión o cine a menudo deben usar pocas palabras. «Que las imágenes cuenten la historia», dicen los expertos. Vemos televisión con otros, pero cuando leemos, casi siempre estamos solos.
Vivimos en una época en que el mundo está lleno de libros. Es parte de la travesía del lector encontrar en la jungla de los escritos alguna historia que salte de manera mágica... alguna historia tan emocionante y misteriosa que lo transforme. Creo que cada lector vive para aquel momento en que la palabra cotidiana cambia para dar paso a una nueva broma, a una nueva idea, a una nueva posibilidad con una nueva verdad dada por el poder de las palabras. «Sí, cierto», dice la voz en nuestro interior. «Te reconozco». ¡Qué emoción leer!